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El cambio de hora vuelve a examen por sus dudas económicas y sus efectos sobre la salud

España retrasará sus relojes la madrugada del domingo 25 de octubre, cuando comenzará oficialmente el horario de invierno. En la Península y Baleares, a las tres serán las dos; en Canarias, a las dos volverá a ser la una. La modificación permitirá ganar una hora en el cómputo de esa noche, pero también devolverá al centro del debate una medida cuya utilidad económica y cuyas consecuencias sobre la salud continúan siendo objeto de discusión.

El cambio estacional se ha justificado durante décadas por la posibilidad de aprovechar mejor la luz natural y reducir el consumo eléctrico destinado a la iluminación. Sin embargo, las condiciones económicas y tecnológicas han cambiado. La iluminación eficiente, el uso generalizado de sistemas de climatización y la diversidad de horarios laborales hacen que el balance energético dependa de más factores que la hora a la que anochece.

La pregunta ya no es solo cuándo debemos cambiar los relojes, sino si el sistema continúa aportando beneficios suficientes para justificar su mantenimiento.

Un ahorro energético limitado y un balance económico desigual

La adaptación de los horarios a la luz natural se ha utilizado como argumento para defender el horario de verano. Al retrasar el anochecer según la hora oficial, determinadas actividades pueden prolongarse con luz natural y reducir durante algunas horas la necesidad de iluminación artificial.

Pero ese efecto no permite afirmar que el cambio de hora produzca un ahorro energético generalizado. Las evaluaciones europeas han considerado marginal el ahorro atribuible al sistema y no han encontrado conclusiones definitivas sobre sus consecuencias económicas globales.

Los posibles beneficiarios tampoco se distribuyen de forma uniforme. La hostelería, el turismo, las terrazas y determinadas actividades recreativas pueden aprovechar mejor las tardes luminosas. También pueden beneficiarse algunos negocios comerciales y deportivos, aunque el resultado depende de la ubicación, la temporada y los hábitos de consumo.

En sentido contrario, las empresas y los trabajadores que comienzan su actividad temprano pueden afrontar jornadas invernales con menos luz al inicio del día. Además, el consumo energético de los hogares y las empresas no depende exclusivamente de la iluminación, sino también de la temperatura, la climatización y la organización de sus actividades.

Por eso es importante distinguir entre las ventajas para determinados sectores y un supuesto beneficio económico para el conjunto de la sociedad. Que una actividad concentre más consumo en una franja horaria no significa necesariamente que aumente la riqueza global.

La salud obliga a distinguir entre otoño y primavera

Los efectos sanitarios del cambio horario tampoco pueden resumirse en una afirmación única. El reloj biológico humano responde a la luz y a la oscuridad, que intervienen en la regulación del sueño y de los ciclos de actividad y descanso. Las modificaciones de la hora oficial pueden alterar temporalmente esa relación, aunque la respuesta varía entre personas.

Una revisión sistemática publicada el 21 de febrero de 2026 en European Journal of Epidemiology examinó 157 estudios de 36 países. El trabajo encontró resultados heterogéneos: el adelanto de los relojes en primavera aparecía asociado con un incremento a corto plazo de determinados eventos cardiovasculares y accidentes de tráfico mortales, mientras que el cambio de vuelta al horario estándar en otoño mostraba posibles asociaciones favorables en algunos indicadores, como la mortalidad general.

Los autores también señalaron que no se identificaban efectos claros y consistentes sobre los resultados psiquiátricos y que la evidencia disponible presentaba limitaciones. Por tanto, no sería riguroso trasladar los riesgos observados en primavera al cambio de otoño ni afirmar que todos los efectos del horario de verano son perjudiciales.

La diferencia es relevante para el debate público. Atrasar los relojes permite disponer de una hora adicional en el cómputo de esa noche, mientras que adelantarlos en primavera reduce el tiempo potencial de sueño. Son cambios distintos y deben analizarse por separado.

El horario permanente, otra decisión pendiente

Eliminar los cambios estacionales no resolvería por sí solo todas las cuestiones relacionadas con el tiempo oficial. También sería necesario decidir qué horario se mantendría durante todo el año.

El horario estándar permanente cuenta con argumentos favorables desde la perspectiva de la sincronización circadiana y de la luz matinal durante el invierno. El horario de verano permanente conservaría más luz por la tarde, pero provocaría amaneceres más tardíos según el reloj oficial.

La elección tiene implicaciones para el sueño, la actividad económica, la seguridad vial y la organización de las jornadas. No obstante, la evidencia sanitaria disponible no permite presentar una alternativa como solución definitiva para todos los problemas asociados al descanso.

El debate también está relacionado con los horarios sociales. La hora oficial es solo una parte de la ecuación: las jornadas laborales, las entradas escolares, los desplazamientos y las costumbres de descanso determinan cómo se utiliza realmente la luz disponible.

Europa aún no ha aprobado el fin del sistema

Las instituciones europeas llevan años estudiando la posibilidad de suprimir el cambio estacional. La propuesta de la Comisión Europea de 2018 no ha culminado en una decisión definitiva que establezca un nuevo régimen común.

La coordinación entre los Estados miembros es uno de los elementos centrales de la discusión. La elección de horarios permanentes diferentes podría complicar la planificación del transporte, las comunicaciones y algunas actividades económicas transfronterizas.

El calendario español publicado en el Boletín Oficial del Estado para el periodo 2022-2026 incluye el domingo 25 de octubre de 2026 como fecha de finalización del horario de verano. Ese calendario fija la fecha del cambio de este año, pero no supone por sí mismo la abolición de los cambios estacionales a partir de 2027.

Una decisión que exige evaluar costes y beneficios

La discusión sobre el horario no debería reducirse a una pugna entre quienes prefieren las tardes luminosas y quienes priorizan la luz de la mañana. La decisión implica valorar el consumo energético, los hábitos sociales, la actividad económica y los efectos sobre la salud, sin exagerar los resultados de los estudios disponibles.

Los datos actuales no respaldan la idea de que el cambio horario proporcione un gran ahorro energético generalizado. Tampoco permiten concluir que el cambio de otoño perjudique necesariamente a toda la población. Sí justifican revisar la utilidad de la medida y estudiar con mayor precisión qué sistema ofrece el mejor equilibrio.

Mientras no exista un acuerdo europeo que modifique el régimen vigente, España seguirá realizando el cambio previsto para este domingo. La cuestión de fondo permanecerá abierta: si una medida concebida para adaptar la actividad humana a la luz natural continúa siendo útil, su mantenimiento debería justificarse con resultados verificables y no únicamente por la costumbre.