Los museos necesitan algo más que reforzar sus puertas para proteger el patrimonio
Los últimos robos cometidos en instituciones museísticas españolas han vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que, probablemente, va mucho más allá de instalar más cámaras, mejorar las alarmas o aumentar los sistemas de vigilancia.
El Ministerio de Cultura ha comunicado que está en contacto permanente con las comunidades autónomas y con sus responsables de patrimonio cultural y museos, especialmente con aquellas que han sufrido robos durante este año. Ante el aumento de estos casos, y particularmente después del robo cometido en el Museo de Albacete a finales de julio, la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes trasladó su preocupación a la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional.
La Policía Nacional solicitó información sobre los museos, tanto estatales como autonómicos, que cuentan en sus exposiciones permanentes o en sus depósitos con un número significativo de objetos realizados en oro, plata, otros metales o piedras preciosas, con el objetivo de reforzar su seguridad. El Ministerio asegura que facilitó inmediatamente la información correspondiente a los museos que gestiona directamente y que ha reforzado la seguridad de estos centros. También ha solicitado información a las comunidades autónomas y la ha ido trasladando a la Policía Nacional a medida que la ha recibido.
Además, el pasado 28 de agosto se celebró una reunión con las direcciones autonómicas responsables de museos para abordar precisamente la cuestión de la seguridad. El Ministerio anuncia también una nueva reunión con las comunidades autónomas y representantes de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional.
Todo esto es necesario. Pero, a mi juicio, quizá ha llegado el momento de plantearnos si la solución puede limitarse a hacer cada vez más difícil entrar en un museo.
Porque la realidad es que estamos hablando de piezas únicas, irrepetibles y, en muchos casos, de un valor histórico que no puede medirse solamente en euros. Si una pieza desaparece, no siempre existe la posibilidad de recuperarla. Y si no aparece, se pierde para siempre una parte de nuestra historia.
Por eso creo que habría que estudiar una estrategia complementaria: reducir al mínimo la presencia de las piezas originales de mayor valor en los lugares donde están permanentemente expuestas.
Una posibilidad sería realizar reproducciones de alta calidad de determinadas piezas y utilizar esas réplicas para las exposiciones habituales, mientras que los originales permanecieran custodiados en instalaciones especialmente protegidas y en ubicaciones diferentes de los propios museos.
No se trata de sustituir el patrimonio ni de privar al ciudadano de contemplarlo. Al contrario. La tecnología actual permite realizar reproducciones extraordinariamente precisas que pueden conservar buena parte del valor visual y didáctico de una exposición.
Eso sí, cualquier utilización de réplicas debería hacerse con criterios de transparencia institucional y museística, dejando claro al visitante cuándo está contemplando una reproducción. La finalidad no debería ser engañar al público, sino evitar que una pieza histórica única se convierta en el objetivo directo de un robo.
También permitiría que los originales pudieran salir de sus ubicaciones habituales y ser custodiados en lugares específicamente preparados para ello, sin concentrar en un mismo edificio piezas cuyo valor histórico, cultural y económico las convierte en objetivos especialmente atractivos para los delincuentes.
No estoy diciendo que haya que abandonar las medidas de seguridad. Todo lo contrario. Las alarmas, cámaras, controles de acceso, sistemas de detección y protocolos policiales siguen siendo imprescindibles. El propio Ministerio está trabajando precisamente en esa dirección y ha pedido información sobre las colecciones más sensibles para reforzar su protección.
Pero quizá tengamos que empezar a pensar también en otra pregunta: ¿por qué tenemos que poner siempre la pieza original delante del riesgo si podemos acercar al ciudadano una reproducción y proteger el original en otro lugar?
Los recientes robos en museos españoles demuestran que la protección del patrimonio no puede depender únicamente de conseguir que un delincuente no entre en un edificio. También debería consistir en conseguir que, aunque consiga superar las barreras de seguridad, no encuentre allí aquello que realmente busca.
En los casos de Badajoz y Albacete trabajan los expertos en patrimonio cultural de la Policía Nacional, mientras que la Guardia Civil investiga el robo ocurrido en el Museo de Villena. El Ministerio señala que estos cuerpos, junto con las policías autonómicas, mantienen una coordinación permanente y están desarrollando las investigaciones con las medidas correspondientes.
La seguridad debe seguir mejorando, por supuesto. Pero proteger nuestro patrimonio quizá exija también cambiar la manera en que decidimos dónde y cómo guardamos las piezas originales.
Porque una alarma puede sonar después de que alguien haya conseguido entrar. Una cámara puede grabar el robo. Una puerta puede ser forzada. Pero si la pieza original no está allí, el daño que se puede producir es mucho menor.
Y cuando hablamos de patrimonio histórico, prevenir la desaparición de una pieza única debería estar siempre por delante de intentar recuperarla después de que haya sido robada.
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Paco Ciclón / Testigo de nuestras historias cotidianas/ AFPRESS


