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¿Estamos comprando comida o cada vez más envases?

Los cambios en los hábitos de consumo, el auge del autoservicio y el aumento de los residuos de envases abren un debate que afecta a los hogares de toda España

Hay una escena que se repite cada semana en millones de hogares españoles.

Llegamos de hacer la compra, comenzamos a colocar los alimentos en la nevera y, casi sin darnos cuenta, vamos acumulando bandejas, bolsas, films, recipientes y envoltorios.

Una bandeja para la carne. Otra para el pescado. Una bolsa para determinadas frutas o verduras. Un recipiente transparente para otro producto. Un envoltorio que contiene otro envoltorio.

Y entonces surge una pregunta bastante sencilla:

¿Estamos comprando solamente comida o cada vez estamos llevando también más envases a casa?

No existen datos que permitan afirmar que todos los alimentos que compramos estén cada vez más sobreenvasados. Tampoco sería correcto señalar a los supermercados como responsables de una supuesta estrategia para vender plástico.

Pero sí hay algo que resulta difícil de ignorar: el volumen de envases que forma parte de nuestra vida cotidiana es enorme.

Y los datos permiten comprobar que no estamos hablando únicamente de una sensación.

En España, las empresas adheridas a Ecoembes declararon haber puesto en el mercado en 2024 2.045.761 toneladas de envases domésticos. Ese mismo año, el sistema gestionó el reciclaje de 1.560.404 toneladas, de las que 589.885 correspondieron a envases plásticos.

Son cifras que permiten hacerse una idea de la dimensión del sistema de envases que acompaña a nuestros productos de consumo.

Pero la pregunta interesante no es únicamente cuánto reciclamos.

También es preguntarnos cuánto residuo estamos generando antes de llegar al contenedor amarillo.

De la compra al peso al supermercado de autoservicio

Durante décadas, comprar determinados productos frescos significaba acudir a un mostrador y pedir exactamente lo que necesitábamos.

En la carnicería se pedía una cantidad concreta.

En la pescadería se elegían unas piezas determinadas.

En la frutería se seleccionaba el producto.

El profesional pesaba, preparaba y entregaba la compra.

Ese modelo no ha desaparecido, pero comparte cada vez más espacio con una forma de comprar basada en el autoservicio.

Los supermercados han cambiado nuestra manera de hacer la compra. Permiten encontrar una enorme variedad de productos en un mismo establecimiento y hacerlo con rapidez.

Para muchas familias, esa comodidad es fundamental.

Y no es razonable ignorarlo.

Los horarios laborales, los desplazamientos y el ritmo de vida actual han convertido el tiempo en uno de los bienes más valorados por los consumidores.

Pero esa comodidad también ha cambiado la forma en que se presentan algunos alimentos.

El Informe del Consumo Alimentario en España 2024, del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, muestra, por ejemplo, que los supermercados y autoservicios concentraron el 40,9 % del volumen de carne fresca de vacuno, frente al 34,6 % de la tienda tradicional. En ese mismo año, el volumen comercializado por supermercados y autoservicios aumentó un 4,3 %, mientras que el de la tienda tradicional descendió un 1,7 %.

Eso no significa que toda la carne de supermercado esté envasada ni que el comercio tradicional esté libre de envases.

Pero sí refleja un cambio en los canales de compra.

Y ese cambio merece ser observado también desde la perspectiva de los residuos.

El consumidor quiere comodidad, pero no necesariamente plástico

Sería demasiado sencillo presentar al consumidor como una víctima de los envases.

Porque también somos nosotros quienes demandamos rapidez, comodidad y productos preparados.

Queremos encontrar la carne lista para coger.

Queremos pescado limpio.

Queremos frutas seleccionadas.

Queremos poder hacer la compra completa en el menor tiempo posible.

Y el envase puede cumplir funciones importantes.

Puede proteger un alimento, facilitar su transporte y conservación, aportar información al consumidor y ayudar a mantener determinadas condiciones de seguridad e higiene.

Por tanto, no todos los envases son innecesarios.

El verdadero debate debería estar en otra parte.

En determinar cuándo un envase aporta una utilidad real y cuándo podría sustituirse por una alternativa que utilice menos material, permita la reutilización o facilite la venta a granel.

Porque una cosa es proteger un alimento.

Y otra muy diferente es utilizar materiales que tienen una vida útil de apenas unos minutos.

El plástico no desaparece cuando tiramos la bolsa al contenedor

Durante años hemos asociado la solución al reciclaje.

Separar.

Depositar correctamente.

Reciclar.

Y, efectivamente, reciclar es fundamental.

Pero reciclar no significa que el problema desaparezca.

Los datos de Eurostat muestran que en 2023 se generaron en la Unión Europea 79,7 millones de toneladas de residuos de envases, equivalentes a 177,8 kilos por habitante. De ellos, los residuos de envases plásticos representaron una media de 35,3 kilos por persona.

En ese mismo año se reciclaron 14,8 kilos de residuos de envases plásticos por habitante.

La cifra demuestra dos cosas al mismo tiempo.

Que el reciclaje es necesario.

Y que seguimos generando una enorme cantidad de residuos.

Por eso el debate europeo está avanzando hacia una idea que parece bastante lógica:

el mejor residuo es el que no llega a generarse.

España ya está cambiando las reglas

La legislación española tampoco se limita al reciclaje.

El Real Decreto 1055/2022 establece medidas destinadas a fomentar la venta a granel y reducir los envases innecesarios.

En concreto, los comercios minoristas de alimentación cuya superficie sea igual o superior a 400 metros cuadrados deben destinar al menos el 20 % de su área de ventas de alimentación a productos presentados sin embalaje primario, incluida la venta a granel o mediante envases reutilizables, en los términos establecidos por la norma.

La norma también establece medidas para fomentar la venta a granel cuando el envase no aporte valor añadido al producto.

Es decir, la legislación ya está apuntando hacia otra forma de consumir.

No se trata de eliminar todos los envases.

Se trata de evitar los que no sean necesarios y favorecer alternativas reutilizables.

Europa prepara un nuevo escenario

La Unión Europea también ha dado un paso importante con el nuevo Reglamento sobre envases y residuos de envases.

Entre otras medidas, establece que a partir del 1 de enero de 2030, los distribuidores finales con una superficie de venta superior a 400 metros cuadrados deberán procurar dedicar el 10 % de esa superficie a puestos de rellenado para productos alimentarios y no alimentarios.

La normativa también incorpora objetivos de reutilización para determinados envases utilizados en el transporte y distribución de productos.

El mensaje es bastante claro.

Europa no quiere limitarse a reciclar mejor.

Quiere reducir la generación de residuos y aumentar la reutilización.

Los mercados tradicionales todavía tienen mucho que decir

En medio de esta transformación existe otra forma de comprar que no deberíamos perder de vista.

Los mercados de abastos, las carnicerías, pescaderías y otros comercios especializados mantienen una relación directa entre vendedor y consumidor.

Permiten pedir una cantidad determinada.

Preguntar.

Recibir consejo.

Comprar al peso o al corte.

Y, en determinados casos, utilizar menos envases.

Eso no significa idealizar el pasado.

Hace décadas también existían problemas y limitaciones que hoy hemos superado.

Pero quizá el futuro no tenga que elegir entre supermercado y comercio tradicional.

Quizá podamos tener ambas opciones.

Comodidad cuando la necesitamos y compra personalizada cuando la preferimos.

Alicante y Elche también forman parte de esta realidad

La cuestión no es exclusivamente nacional.

En la provincia de Alicante, como en el resto de territorios, los cambios en los hábitos de consumo y la gestión de residuos forman parte de una realidad cotidiana.

Y Elche ofrece un ejemplo especialmente llamativo.

La ciudad superó en 2025 las 3.000 toneladas de envases recogidos selectivamente, una cifra récord que, según los datos municipales, duplica la registrada en 2017 y supone un incremento del 21 % respecto a 2021. El Ayuntamiento relaciona esta evolución con el creciente uso de envases en los hogares.

El dato ilicitano no permite concluir que cada ciudadano esté utilizando más plástico en cada compra.

Pero sí demuestra que la cantidad de envases recogidos en una ciudad concreta puede crecer de forma muy significativa.

Y sirve para trasladar a escala local un debate que en realidad es nacional y europeo.

La pregunta también es económica

Hablar de envases no significa hablar solamente de medio ambiente.

También hablamos de recursos.

Fabricar un envase requiere materias primas y energía.

Después hay que transportarlo, almacenarlo y distribuirlo.

Y cuando deja de ser útil hay que recogerlo y gestionarlo.

No podemos afirmar cuánto encarece un determinado envase cada producto sin estudiar individualmente su proceso de fabricación y comercialización.

Pero sí podemos plantearnos una cuestión bastante razonable:

¿Tiene sentido utilizar recursos para fabricar materiales destinados a convertirse en residuos después de un uso de apenas unos minutos cuando existe una alternativa viable?

Ahí es donde la reducción de envases innecesarios adquiere también una dimensión económica.

La responsabilidad no puede recaer únicamente en quien compra

Reducir los residuos no puede convertirse exclusivamente en una obligación del consumidor.

El ciudadano puede elegir productos a granel cuando existen.

Puede utilizar bolsas reutilizables.

Puede escoger determinados formatos.

Puede separar correctamente los residuos.

Pero son también los fabricantes quienes diseñan los envases.

Son los distribuidores quienes deciden cómo presentan muchos productos.

Son los establecimientos quienes determinan qué alternativas ofrecen.

Y son las administraciones quienes establecen las reglas.

Por tanto, la responsabilidad es compartida.

Quizá no tengamos que volver al pasado

No se trata de regresar a una época en la que toda la compra se hacía detrás de un mostrador. La sociedad ha cambiado. Y probablemente nadie quiera renunciar a las ventajas que ofrece el supermercado moderno. El problema aparece cuando confundimos comodidad con necesidad.

Porque no todo lo cómodo es imprescindible. Y no todo envase que encontramos en una cesta de la compra tiene necesariamente la misma justificación.

Por eso sería interesante que el consumidor pudiera elegir más.

Más productos a granel.

Más envases reutilizables.

Más posibilidades de comprar al peso.

Más alternativas con menos embalaje.

Y que esas opciones fueran tan cómodas y accesibles como las demás.

Una prueba muy sencilla

La próxima vez que hagamos la compra podemos hacer algo muy sencillo.

Cuando lleguemos a casa, colocamos los alimentos sobre la mesa y ponemos todos los envases a un lado.

No hace falta pesarlos. Ni hacer estadísticas. Simplemente mirar.

¿Cuántas bandejas hay?

¿Cuántas bolsas?

¿Cuánto film?

¿Cuántos recipientes?

¿Cuántos de esos materiales seguirán existiendo cuando hayamos terminado de consumir el alimento?

La respuesta puede resultar sorprendente.

Porque el recorrido de muchos envases es extraordinariamente corto.

Salen de una fábrica. Llegan a una tienda. Los llevamos a casa. Abrimos el producto. Y terminan en la basura.

El reto no es solamente reciclar más

España cuenta con un sistema de reciclaje que mueve enormes cantidades de materiales. En 2024, Ecoembes gestionó el reciclaje de más de 1,56 millones de toneladas de envases domésticos, un 5,4 % más que el año anterior.

Pero las cifras también deberían llevarnos a plantear una pregunta diferente.

¿Podemos reciclar menos porque hemos conseguido generar menos residuos?

Ese sería probablemente un éxito mucho mayor.

No porque reciclar sea malo.

Todo lo contrario.

Sino porque significaría que hemos conseguido avanzar un paso más en la jerarquía de gestión de residuos: prevenir antes que reciclar.

La próxima vez que llenemos el carro de la compra quizá merezca la pena mirar algo más que el precio.

Mirar también el envoltorio.

Porque detrás de cada bandeja, cada bolsa y cada recipiente hay materias primas, energía, transporte y, finalmente, un residuo.

Y quizá el futuro de nuestra forma de comprar no consista en dejar de utilizar envases.

Quizá consista en algo mucho más sensato:

utilizar los necesarios, reducir los que podamos evitar y conseguir que aquellos que sigamos utilizando tengan una vida mucho más larga.

Al final, cuando llegamos a casa después de hacer la compra, debería haber una diferencia evidente entre lo que hemos comprado para comer y lo que hemos comprado para tirar.

Porque si cada vez necesitamos más envases para llevar menos comida, quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué estamos metiendo realmente en nuestra cesta.