La violencia se abre paso en las protestas de Ceuta con ataques a los asentamientos y bloqueo a la ayuda humanitaria
La tensión que vive Ceuta desde la llegada masiva de migrantes a finales de julio dio ayer un nuevo y preocupante paso. Lo que comenzó como una protesta vecinal contra la gestión de la crisis migratoria terminó derivando en episodios de violencia, destrozos y enfrentamientos, con la Policía Nacional tratando de impedir que los manifestantes llegaran hasta los asentamientos donde permanecen cientos de personas migrantes.
Uno de los momentos más delicados se produjo en las inmediaciones de las playas de Benítez y El Trampolín. Un grupo de manifestantes consiguió superar el cordón policial establecido para separar la protesta de la zona ocupada por los migrantes y accedió a los asentamientos improvisados.
Una vez dentro, se produjeron destrozos y fueron quemadas algunas de las pertenencias que se encontraban en la zona. Según las informaciones difundidas durante la jornada, entre los enseres afectados había sombrillas y otros elementos utilizados por los migrantes para protegerse y pasar la noche. La intervención policial evitó que los incidentes fueran a más y se produjeron cargas para impedir que los manifestantes continuaran avanzando.
Pero la tensión ya había comenzado horas antes y tuvo como uno de sus principales objetivos el reparto de alimentos y agua que realiza Cruz Roja entre las personas migrantes asentadas en la playa del Trampolín.
Centenares de personas bloquearon durante más de dos horas el acceso de los vehículos de la organización humanitaria. Los manifestantes se colocaron en la calzada y algunos realizaron una sentada para tratar de impedir que los vehículos pudieran llegar hasta la playa.
La Policía Nacional tuvo que intervenir y habilitar un acceso alternativo para que los vehículos de Cruz Roja pudieran continuar su recorrido sin atravesar el punto donde se encontraba la concentración. Finalmente, el reparto de alimentos y agua pudo realizarse bajo protección policial.
Y aquí aparece una de las imágenes más difíciles de asimilar de esta jornada. Mientras unos voluntarios intentaban hacer llegar comida y agua a personas que permanecen en una situación de extrema vulnerabilidad, un grupo de manifestantes trataba de impedir físicamente que esa ayuda llegara a su destino.
La protesta puede ser legítima. El malestar de los vecinos puede y debe ser escuchado. Las reclamaciones sobre seguridad, convivencia, gestión de los espacios públicos o sobre la actuación de las administraciones también forman parte del debate democrático. Pero otra cosa muy diferente es intentar impedir que una organización humanitaria entregue alimentos a personas que los necesitan o entrar por la fuerza en un asentamiento para destruir sus pertenencias.
Una noche que ya había dejado escenas de enorme tensión
Los incidentes de ayer no fueron un hecho aislado. Durante la noche anterior, después de una multitudinaria concentración, alrededor de 400 personas se desplazaron hacia la playa del Trampolín. Allí intentaron aproximarse a los migrantes que permanecían en el asentamiento y se produjeron nuevos enfrentamientos.
En aquel episodio, según han informado RTVE y otros medios, algunos manifestantes llegaron a arrojar al mar mantas, colchones y otras pertenencias de los migrantes. La Policía tuvo que establecer un cordón para impedir el contacto directo entre ambos grupos y empleó medios antidisturbios para contener la situación.
La sucesión de acontecimientos muestra hasta qué punto ha aumentado la crispación en las calles de Ceuta. La protesta contra la gestión de la crisis migratoria, que en un principio se desarrollaba de manera pacífica, ha ido incorporando episodios de violencia que preocupan tanto por lo ocurrido como por el riesgo de que la situación continúe escalando.
También hubo un ataque contra militares
La madrugada dejó además otro episodio grave, esta vez protagonizado, según las investigaciones policiales, por un grupo de migrantes.
Un vehículo militar en el que viajaban cuatro soldados fue apedreado en la zona de Benzú por un grupo de entre 30 y 40 personas. Los cuatro militares resultaron heridos y doce migrantes marroquíes fueron detenidos posteriormente por su presunta participación en el ataque.
Son dos episodios diferentes, protagonizados por grupos diferentes, pero forman parte de una misma realidad: una ciudad sometida a una enorme presión social y donde la tensión está empezando a traducirse en enfrentamientos.
La Policía, en medio de una situación cada vez más complicada
Durante la jornada, los agentes tuvieron que actuar en distintos puntos para evitar que los manifestantes llegaran hasta los asentamientos y que se produjeran enfrentamientos directos.
También se han registrado incidentes con profesionales de los medios de comunicación que estaban cubriendo las protestas. Periodistas de distintos medios fueron increpados durante la cobertura de los acontecimientos, en otra señal de la tensión que se vive en las calles.
Ceuta atraviesa así una situación especialmente delicada. Los vecinos reclaman soluciones ante una crisis que consideran que está alterando su vida cotidiana, mientras miles de migrantes permanecen en la ciudad en una situación de enorme precariedad. Entre ambos extremos se encuentran las fuerzas de seguridad, los servicios públicos, las organizaciones humanitarias y también los periodistas que intentan contar lo que está sucediendo.
Lo ocurrido ayer deja una imagen que debería hacernos reflexionar. Una protesta puede expresar indignación, exigir responsabilidades y reclamar soluciones. Lo que no puede convertirse en normalidad es que la indignación termine dirigiéndose contra personas vulnerables, contra quienes intentan ayudarlas o contra quienes simplemente están haciendo su trabajo.
Ceuta necesita respuestas. Necesita seguridad, necesita una gestión eficaz de la crisis migratoria y necesita que las administraciones estén a la altura de una situación extraordinariamente complicada. Pero también necesita algo tan básico como que la violencia no termine imponiéndose sobre la convivencia.
Porque cuando una ciudad llega al punto en el que hay que colocar cordones policiales para impedir que unos vecinos se enfrenten con personas migrantes, cuando se bloquea un convoy de Cruz Roja que lleva comida y cuando se queman o destruyen las pocas pertenencias de quienes duermen en la calle, ya no estamos solamente ante una protesta. Estamos ante una situación que exige actuar antes de que sea todavía más difícil recuperar la calma.




