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La mentira de los supuestos antecedentes policiales de Feijóo y cómo se fabrica la desinformación política

Hay bulos que nacen y mueren en cuestión de horas. Y hay otros que, sin pruebas, sin documentos y sin una sola fuente fiable detrás, se repiten tanto que acaban sonando a verdad. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con la idea de que Alberto Núñez Feijóo tiene “antecedentes policiales”.

No es un matiz menor. No es un error inocente. Es una afirmación grave que, si fuera cierta, tendría recorrido judicial, mediático y político inmediato. Pero no lo tiene. Y no lo tiene por una razón muy sencilla: no existe evidencia pública, verificable y contrastada que sostenga esa acusación.

Lo que sí existe es otra cosa. Una maquinaria de desinformación que mezcla hechos reales con insinuaciones interesadas para construir un relato que no se sostiene.

El origen de buena parte de este ruido está en un episodio conocido: la relación personal que Feijóo mantuvo en los años 90 con Marcial Dorado, cuya actividad delictiva fue acreditada judicialmente. Las fotografías existen, se publicaron y el propio Feijóo reconoció esa relación, asegurando que desconocía entonces la implicación de Dorado en el narcotráfico.

Ese es el hecho. A partir de ahí, empieza la manipulación.

Porque de unas fotos —por incómodas que sean— no se derivan antecedentes policiales. Ni investigaciones judiciales contra Feijóo. Ni imputaciones. Ni condenas. Nada de eso ha sido acreditado por ningún medio de comunicación serio ni por ninguna instancia judicial.

Y sin embargo, el mensaje circula. Se repite en redes sociales, en vídeos, en comentarios, en titulares deformados. A veces con frases ambiguas, otras directamente con afirmaciones falsas. “Tiene antecedentes, pero no lo dicen”. “Aparece en informes policiales”. “Se ha tapado”. Ninguna de esas frases viene acompañada de pruebas. Ninguna.

Aquí es donde conviene parar y mirar con calma. Porque el mecanismo es siempre el mismo:

Primero, se parte de un hecho real.
Después, se introduce un término legal con peso —“antecedentes”, “investigación”, “policial”—.
Y por último, se lanza la insinuación sin pruebas.

El resultado es eficaz. Genera duda. Y en política, la duda muchas veces funciona como sustituto de la prueba.

Pero la realidad, cuando se rasca, es mucho más simple. No hay constancia de antecedentes penales de Feijóo. Y tampoco hay evidencia verificada de antecedentes policiales en el sentido en que se está difundiendo. Si existieran, estarían documentados, publicados y sometidos al escrutinio público. No es el caso.

Esto no significa que no haya críticas legítimas a su trayectoria política. Las hay, y forman parte del debate democrático. Pero una cosa es cuestionar decisiones o relaciones del pasado, y otra muy distinta es construir acusaciones graves sin base.

Lo preocupante no es solo el bulo en sí. Es la facilidad con la que prende. La rapidez con la que se comparte. Y la resistencia que muestra incluso cuando se desmonta con hechos.

Porque al final, el daño no es solo para la persona señalada. Es para el propio debate público. Cuando las acusaciones sin pruebas se normalizan, la política deja de ser un terreno de ideas para convertirse en un espacio de sospecha permanente.

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