Vito Quiles o cuando el ruido sustituye al periodismo y la presión se disfraza de preguntas
Hay una línea roja que separa el periodismo incómodo —ese que fiscaliza al poder— del comportamiento que erosiona la propia profesión. Cada vez más voces sostienen que Vito Quiles lleva tiempo cruzándola. Y lo preocupante no es solo el estilo: es la normalización de prácticas que muchos periodistas describen directamente como hostigamiento.
No es una crítica aislada ni fruto de una batalla ideológica puntual. Es un malestar creciente dentro del propio sector. La Asociación de la Prensa de Madrid y la Federación de Asociaciones de Periodistas de España han señalado que determinadas conductas no encajan en los estándares deontológicos básicos. Traducido a un lenguaje menos diplomático: hay formas de ejercer que degradan el oficio.
Porque lo que se cuestiona no es preguntar. Es cómo, dónde y con qué intención. No es fiscalizar. Es perseguir, señalar y convertir a otros periodistas en objetivo. Y eso, aunque se envuelva en la bandera de la “libertad de expresión”, tiene consecuencias muy reales sobre quienes lo sufren.
El rechazo ha llegado incluso al corazón institucional del periodismo político. La Asociación de Periodistas Parlamentarios pidió revisar su presencia en el Congreso al considerar que su comportamiento rompía las reglas no escritas —pero esenciales— de la convivencia profesional. No es un detalle menor: cuando el propio ecosistema periodístico intenta protegerse de uno de los suyos, es que algo se ha torcido.
Mientras tanto, los tribunales empiezan a reflejar ese clima. Existen denuncias por presuntas injurias, calumnias y comportamientos que los denunciantes sitúan en la órbita del acoso. Conviene ser precisos: no hay una condena firme que lo declare culpable de acoso. Pero también es innegable que la reiteración de denuncias y la apertura de investigaciones dibujan un patrón que ya no puede despacharse como anécdota.
La defensa de Quiles es conocida: se presenta como un “contrapoder”, un periodista que incomoda a un sistema mediático supuestamente alineado. Pero esa narrativa empieza a hacer aguas cuando quienes levantan la voz no son solo políticos o partidos, sino compañeros de profesión que denuncian sentirse señalados o presionados.
Aquí no estamos ante un debate abstracto sobre pluralismo. Estamos ante una cuestión mucho más concreta: qué prácticas son aceptables en democracia y cuáles la deterioran desde dentro. Porque convertir el periodismo en un espectáculo de confrontación permanente puede dar visibilidad, pero también vacía de contenido el derecho a informar y ser informado.
El uso del término “periodistas democráticos” en esta polémica tampoco es casual. Para algunos, es una forma de defender estándares básicos de respeto y rigor. Para otros, una etiqueta interesada. Pero más allá del lenguaje, lo que subyace es una inquietud legítima: si todo vale, entonces el periodismo deja de ser una herramienta de control del poder para convertirse en un arma de desgaste personal.
Y ese es el verdadero problema. No se trata de si Vito Quiles incomoda. El buen periodismo debe incomodar. Se trata de a quién incomoda y cómo lo hace. Porque cuando el foco deja de estar en los hechos y se desplaza hacia el señalamiento constante de personas, el periodismo deja de cumplir su función y pasa a convertirse en otra cosa.
Una cosa mucho más peligrosa.
Paco Ciclón / AFPRESS

