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Génova sigue siendo la sede del PP con Feijóo pese a su vínculo con la financiación irregular

Hay decisiones que pesan más por lo que simbolizan que por lo que cuestan. Y la de seguir en la sede de la calle Génova 13 en Madrid es una de ellas. No es un edificio cualquiera. Es el mismo cuya reforma, tal y como han acreditado los tribunales, se pagó parcialmente con fondos de la contabilidad paralela del Partido Popular.

No es una interpretación ni una sospecha política. Es un hecho probado en sentencia judicial, ratificado por el Tribunal Supremo, dentro del marco de las investigaciones derivadas del caso Gürtel. Durante años, la sede nacional del partido fue reformada con dinero que no figuraba en la contabilidad oficial. Dinero opaco.

Y, sin embargo, ahí sigue todo.

Cuando en 2021 Pablo Casado anunció que el partido abandonaría Génova, el mensaje era claro: romper con un pasado incómodo, cerrar una etapa marcada por los escándalos y enviar una señal a la ciudadanía. Aquello no era solo una decisión inmobiliaria; era un gesto político.

Pero ese gesto se quedó en nada.

Con la llegada de Alberto Núñez Feijóo en 2022, el plan se frenó en seco. El argumento fue práctico: no tenía sentido malvender un activo del partido por decisiones tomadas hace dos décadas. “Los edificios no tienen la culpa”, vino a decir su entorno.

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Puede que no la tengan. Pero las decisiones sí.

Porque mantener la sede no es neutro. Es asumir como normal que el principal partido de la oposición en España continúe operando desde un inmueble cuya reforma está vinculada a una financiación irregular acreditada por la justicia. Es convivir con esa herencia sin romper con ella.

Y eso, más allá de lo jurídico, tiene una dimensión política difícil de ignorar.

No se trata de imputar responsabilidades personales a Feijóo por hechos del pasado. Nadie sostiene eso. Pero sí de analizar qué se hace con ese pasado cuando se tiene la oportunidad de marcar un punto de inflexión. Y en este caso, la decisión ha sido clara: continuidad.

Mientras otros debates ocupan titulares, Génova sigue ahí, intacta, funcionando como centro de poder de un partido que arrastra una de las mayores tramas de corrupción de la democracia reciente. No es solo un edificio. Es un símbolo. Y los símbolos importan.

Porque al final, la pregunta es sencilla: ¿se puede hablar de regeneración política sin romper con aquello que la justicia ya ha señalado?

 Paco Ciclón / AFPRESS