Elche se sumerge en el silencio más sobrecogedor del Jueves Santo
Anoche, Elche volvió a detener el tiempo. A las once en punto, cuando las puertas de Santa María se abrieron, el murmullo habitual del centro histórico se transformó en un silencio absoluto que imponía respeto incluso antes de que comenzara a avanzar la procesión.
La Procesión del Silencio, una de las más emblemáticas de la Semana Santa ilicitana, recorrió las calles con esa mezcla de solemnidad y emoción contenida que solo se entiende cuando se vive en directo. No hubo música, no hubo voces. Solo el sonido acompasado de los pasos y el leve roce de las túnicas sobre el suelo marcaban el ritmo de la noche.
El recorrido, que discurrió por enclaves como la Plaça del Congrés Eucarístic, el entorno del Palacio de Altamira, el Puente de Altamira o la Corredora, se convirtió en un escenario cargado de simbolismo. A ambos lados, miles de personas observaban en silencio, muchas con velas encendidas, otras simplemente dejándose llevar por el momento.
La imagen del Santísimo Cristo de la Misericordia avanzando entre luces tenues volvió a ser uno de los instantes más impactantes de la jornada. No hizo falta nada más. Ni palabras, ni gestos. Solo la presencia y el respeto de quienes acompañaban el paso.
El Jueves Santo en Elche es, cada año, uno de los días de mayor participación de toda la Semana Santa. Y anoche no fue una excepción. El centro se llenó desde horas antes, confirmando el arraigo de una tradición que sigue muy viva y que trasciende lo religioso para convertirse en una experiencia colectiva.
Cuando la procesión regresó a Santa María, ya pasada la medianoche, el silencio se rompió poco a poco. Pero algo había cambiado. Durante una hora, Elche había vuelto a encontrarse consigo misma, en una de esas noches que no se olvidan.
Alberto Carrillo/ AFPRESS




