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El amistoso entre España y Egipto deja una mancha racista que avergüenza al deporte

Hay noches en las que el fútbol deja de hablar del balón y obliga a hablar de algo mucho más incómodo. Eso fue exactamente lo que ocurrió este martes en el RCDE Stadium de Cornellà, donde el amistoso entre España y Egipto quedó marcado por unos cánticos que no tienen cabida ni en un estadio, ni en una grada, ni en una sociedad mínimamente decente.

Lo que debía ser una cita internacional de preparación terminó empañado por una escena lamentable: un sector del público coreó en varias ocasiones “musulmán el que no bote”, al tiempo que también se registraron silbidos durante el himno de Egipto. Los hechos fueron recogidos por agencias y medios nacionales y provocaron una rápida oleada de rechazo.

Y aquí conviene ser rotundos: a quien pronuncia una frase así no se le puede llamar aficionado al deporte.

Porque esto no va de rivalidad ni de ambiente. No va de folclore de grada. No va de “calentarse” en un partido. Va de racismo, de xenofobia y de una absoluta falta de respeto hacia personas que estaban allí para competir deportivamente y hacia una comunidad religiosa utilizada como insulto.

El problema no es solo lo que se gritó. El problema es lo que revela. Porque cuando una parte de una grada considera aceptable usar la palabra “musulmán” como burla o como señalamiento, ya no estamos ante un exceso puntual, sino ante una degradación preocupante del espacio deportivo.

El encuentro, disputado el 31 de marzo en Cornellà-El Prat, reunió a 35.895 espectadores en una noche que debía servir como preparación de la selección española dentro de su calendario previo al Mundial. La RFEF había presentado el duelo como una prueba importante en esta ventana internacional y el estadio presentaba una gran entrada. Todo estaba preparado para una noche de fútbol. Pero bastó una minoría para arruinar el relato.

Durante el choque, y ante la evidencia de lo que estaba ocurriendo, se proyectó un aviso en el videomarcador y se lanzó un mensaje por megafonía recordando que la normativa sanciona actos violentos, xenófobos, homófobos o racistas. Más tarde, la Federación condenó públicamente los hechos. El gesto era obligado. Pero también insuficiente si esto vuelve a repetirse.

Porque el debate no puede agotarse en una condena institucional de madrugada. El deporte necesita algo más que comunicados cuando estas cosas ocurren. Necesita límites claros, respuestas rápidas y una cultura de grada que deje de confundir “animar” con “despreciar”.

Lo más injusto de todo es que este tipo de episodios arrastran consigo a miles de aficionados que no tienen nada que ver con ese comportamiento. La mayoría de la gente que acude al fútbol va a vivir una experiencia compartida, a emocionarse, a celebrar, a sufrir o a disfrutar. Pero una minoría organizada o desinhibida basta para secuestrar el ambiente y convertir un evento deportivo en una escena vergonzosa.

Y no, no vale refugiarse en el “eran pocos”. Si eran pocos, más fácil aún debería ser identificarlos, aislarlos y apartarlos de cualquier espacio deportivo. Porque el problema no es solo cuántos fueron, sino lo que se tolera mientras lo hacen.

El deporte no puede aceptar como “afición” a quien convierte la grada en una plataforma para la exclusión. El deporte es exactamente lo contrario: solidaridad, convivencia, respeto, esfuerzo compartido y unión entre personas diferentes. Quien no entiende eso puede tener una bufanda, una entrada o una camiseta, pero no representa el espíritu del deporte.

Y si algo debería quedar claro después de lo ocurrido en Cornellà es esto:
no todo el que grita en una grada es aficionado.
A veces, simplemente, es alguien usando el fútbol como excusa para sacar su peor versión.

Por eso no conviene suavizar lo sucedido. No fue un detalle desagradable. Fue una mancha seria sobre una noche internacional de fútbol. Y cuanto antes se diga sin rodeos, mejor para todos.

Porque si el deporte quiere seguir siendo un lugar de encuentro, entonces hay una línea que no se puede volver a cruzar: la del odio convertido en cántico.

Paco Ciclón / AFPRESS