VOX se resquebraja por dentro entre renuncias, enfrentamientos y desgaste político
VOX hace aguas entre dimisiones, conflictos internos y un partido cada vez más cerrado
La imagen de cohesión que VOX intenta proyectar se desmorona cuando se observa lo que ocurre puertas adentro, especialmente en la Comunitat Valenciana y la provincia de Alicante, donde el partido acumula renuncias, crisis internas y un clima de descomposición política que ya no puede disimularse con discursos grandilocuentes.
Lejos de ser episodios aislados, las dimisiones y conflictos reflejan un problema estructural: un modelo de partido cada vez más centralizado, poco transparente y desconectado del territorio, donde las decisiones se imponen desde arriba y el disenso se castiga o se expulsa.
Uno de los casos más ilustrativos es el de Samuel Ruiz, cuya renuncia como concejal en Elche se produjo en un momento políticamente clave. Su salida no solo debilitó al grupo municipal, sino que evidenció la fragilidad interna de VOX en uno de los principales ayuntamientos de la provincia de Alicante, dejando al descubierto un proyecto incapaz de sostenerse cuando llegan las tensiones reales de gobierno.
En paralelo, la crisis se extiende por el ámbito autonómico. Las dimisiones en estructuras provinciales y el cuestionamiento del liderazgo de José Ángel Antelo —figura con peso en el arco territorial del sureste— han puesto de relieve un patrón que se repite: direcciones cerradas al diálogo, gestión personalista y rechazo frontal a cualquier crítica interna. Antelo, como otros dirigentes del partido, ha optado por resistir sin asumir responsabilidades políticas, profundizando el desgaste.
A nivel nacional, la situación tampoco ayuda a recomponer el panorama. El conflicto permanente que rodea a Javier Ortega Smith simboliza la guerra interna entre viejos referentes del partido y una cúpula cada vez más obsesionada con el control absoluto. Un choque que acaba repercutiendo directamente en los territorios, donde los cuadros intermedios se sienten utilizados, silenciados o prescindibles.
En el ámbito local, casos como el de Antonio Sánchez refuerzan la idea de que la sangría no responde a una única causa, sino a un malestar generalizado. VOX pierde concejales, militantes y estructuras mientras insiste en señalar enemigos externos, evitando cualquier autocrítica.
En la Comunitat Valenciana, el resultado es un partido cada vez más debilitado, con presencia institucional pero sin cohesión interna, incapaz de generar estabilidad ni confianza. La retórica de firmeza choca con una realidad marcada por rupturas, dimisiones y una alarmante falta de proyecto colectivo.
Cuando un partido convierte la disciplina en imposición y el liderazgo en miedo a discrepar, las renuncias dejan de ser una anomalía para convertirse en la norma. Y en VOX, especialmente en Alicante y la Comunitat Valenciana, esa norma empieza a tener nombre propio: crisis interna.

