La tragedia del bombardeo del Mercado Central de Alicante
El Mercado Central de Alicante era en 1931 un símbolo de la vida cotidiana y el bullicio de la ciudad. Aquella mañana del 25 de mayo de 1938 transcurría con la tranquilidad habitual, mientras los puestos del mercado rebosaban de pescadores y vecinos atraídos por una excepcional captura de sardinas. Nadie sospechaba que, al cabo de unas horas, ese centro de vida popular se convertiría en el escenario de una de las peores masacres civiles de la Guerra Civil. A las 11:18 de la mañana irrumpió el estruendo de motorizaciones extranjeras: nueve bombarderos Savoia italianos, parte de la aviación fascista al servicio de los sublevados, sobrevolaron la ciudad procedentes de Mallorca y arrojaron 90 bombas sobre el casco urbano. El Mercado Central, abarrotado sin que sonaran las alarmas, recibió varios impactos directos. En cuestión de minutos, la plaza y las calles aledañas quedaron cubiertas de escombros y fuego, sembrando el horror entre los alicantinos.
En el cielo azul brillante de aquel día, la matanza fue espantosa. Más de 300 personas murieron a consecuencia del ataque, y un millar resultaron heridas (muchas de ellas con quemaduras y mutilaciones gravísimas). La mayoría de las víctimas eran ciudadanos indefensos: hombres, mujeres, ancianos e incluso niños que hacían sus compras. Testigos sobrevivientes narran escenas dantescas: cuerpos destrozados y miembros despedazados por todas partes, moribundos apiñados en las aceras gritando de dolor y terror. Una dama presente ese día recordó cómo los cadáveres de mujeres y niños eran amontonados junto al depósito, formando montones ante la Casa de Socorro de la ciudad. Muchos cuerpos nunca se identificaron; los que sí fueron reconocidos figuran en el cementerio municipal –100 hombres, 56 mujeres, más de 10 niños y cientos de personas sin identificar–. Hasta el final del día siguiente se continuaban retirando víctimas de los escombros, mientras los heridos saturaban los hospitales de sangre y cristales rotos. Uno de los sobrevivientes, el escritor Enrique Botella (que años después novelaría estos hechos), describiría cómo “los tranvías salían de la ciudad abarrotados de mujeres, niños y hombres cargados con paquetes y colchones” en un éxodo de dolor que dejó la ciudad desolada al día siguiente.
El testimonio más desgarrador viene de los propios supervivientes. En su diario, el profesor Eliseo Gómez Serrano escribió: “Vi cadáveres destrozados y miembros esparcidos por todas partes. Era un espectáculo dantesco… Entre varios, trasladamos algunos heridos a la Casa de Socorro, pero ya no había sitio para más. Hasta las aceras próximas se hacinaban los moribundos, entre gritos de dolor y de espanto… nunca podré borrar de mi memoria la expresión de un niño que recogimos, con su carita ensangrentada, que no quería morir”. Estas palabras reflejan el trauma de una ciudad golpeada hasta el alma. El reino de España protestó ante las potencias extranjeras involucradas: diplomáticos británicos y franceses confirmaron que fue un “ataque deliberado a una zona civil”. Pese al horror, durante la dictadura franquista este episodio permaneció silenciado; las autoridades rebeldes llegaron incluso a negar el bombardeo en entrevistas internacionales.
Tras décadas de olvido forzado, el recuerdo de las víctimas ha comenzado a materializarse lentamente. En 1995 se colocó por fin una placa conmemorativa junto al Mercado Central, donde se recuerda a los fallecidos sin hacer alusión a culpables. Más recientemente se ha construido un monumento en la plaza 25 de Mayo, al lado del mercado: nueve placas de aluminio empotradas en el suelo simbolizan los nueve aviones agresores, con puntos luminosos rojos que cada día al mediodía se encienden para honrar a las más de 300 víctimas de aquella masacre. En cada aniversario, las autoridades y los vecinos rinden homenaje depositando flores ante el memorial, bajo un silencio que grita por la paz. El alcalde Luis Barcala subrayó en 2025 que la tragedia fue “un ataque aéreo con mayor número de víctimas de toda la Guerra Civil” de España, reclamando que la memoria se ejerza “sin exclusiones, sin partidismos” para garantizar que “no vuelva a suceder”.
Hoy Alicante mira atrás con dolor, pero también con el compromiso de no olvidar. Este relato de la prensa local revive aquella jornada dramática con respeto humano: no es sólo historia de cifras o datos, sino de vidas cercenadas en un instante. El Mercat Central volvió a la actividad tras la guerra, pero lleva indeleblemente la cicatriz de aquel ataque criminal. Las generaciones actuales de alicantinos celebran ferias y mercados en paz, conscientes de que, una mañana de mayo de 1938, el cielo que ellos suelen cruzar con tranquilidad una vez les arrebató a sus vecinos una mañana cualquiera.





