La industria discográfica bloquea la música negra: ponte en mi piel

Los prejuicios están basados en la más absoluta intolerancia. Aquellos que no aceptan la diversidad sea cual sea su ámbito, están condenados a vivir a contracorriente. No se si el miedo es lo que les empuja al odio o es simplemente una concepción errónea en su manera de ver el mundo. Lo que sí que está claro, es que esa intolerancia solo conlleva abrir, aún más, la garganta de un cráter que nunca ha terminado de cicatrizar.

Las diferencias entre hombres y mujeres en la industria musical son abismales. Discriminadas, subrepresentadas, con sueldos injustos, las mujeres artistas y compositoras quieren salir de la sombra en la que han estado y a la que han sido sometidas desde siempre. Mujeres de todo el mundo lucharon por cambiar el paradigma y las voces, ya se están comenzando a escuchar.

Entre los años 20 y 40 los artistas negros grabaron discos, entonces llamados “discos de raza”, que fueron pioneros en los nuevos sonidos en blues, jazz y góspel. Toda esta cultura musical fue creada por y para afroamericanos. El público blanco rara vez conocía estas formas creativas de arte, entre otros motivos, porque nunca llegaban a grabarse.

Empecemos por el principio, a muchos de los grandes éxitos que conocemos, inconscientemente les ponemos “una cara blanca” cuando el origen corresponde a cantantes negros. ¿Por qué ocurre esto? Tanto la publicidad como los medios de comunicación y las grandes discográficas tienen mucho que ver con esta cuestión tan racista que a día sigue asolando a muchos artistas.

Para comprender la historia dañina de la apropiación cultural a través de la música y cómo las grandes empresas han adquirido el talento y desarrollo de los negros sin compensación, primero debemos comenzar por el contexto de lo que significa ser un americano negro.

La cultura afroamericana está basada y marcada principalmente en una historia de carencia originada por el vacío étnico que han sufrido durante décadas. Normalmente y, sobre todo, en el siglo XX, se consideraba que los negros carecían de los privilegios necesarios para ser considerados estadounidenses de puro derecho por el simple hecho de tener un color de piel distinto. Dichos privilegios han sido utilizados como moneda de cambio en multitud de culturas a lo largo de la historia.

Desde el momento en el que el pueblo negro fue raptado de sus raíces, quedaron completamente anulados como comunidad. Tanto su identidad como su cultura y tradiciones, fueron castigadas intermitentemente hasta que llegó un punto que no había nada que escuchar, leer o ver acerca del origen del pueblo negro.

Es por ello que, desde la emancipación de la comunidad negra, la cultura afroamericana ha desarrollado sus propias costumbres y existencia dentro de un vacío creado por el dolor de una adaptación forzada a una forma de arte occidental. Puede que dicha adaptación forzada, haya hecho creer al poder blanco que tiene la potestad para hacerse dueño del arte de los negros como es en este caso de la música. Sin embargo, esta posición es completamente defectuosa debido a cómo la cultura americana se desentiende de las formas en que estas creaciones fueron heredadas y cómo, poco tiempo después, pasaron a ser apropiación cultural de los Estados Unidos.

Bien, una vez llegados a este punto falta recalcar que, a toda esa apropiación cultural y musical, le sumamos el hecho de que las mujeres lo tenían todavía más complicado por el simple hecho de ser eso: mujeres. Por no hablar de las mujeres de color que, si ya sufrían discriminación racial, vamos a añadirle el machismo y la misoginia. 

Erma Franklin, hermana mayor de Aretha Franklin, es un caso bastante evidente con la canción Piece of my heart de 1967. Ésta fue versionada y asociada para siempre en el imaginario colectivo blanco de Janis Joplin apenas un año después gracias a Columbia Records. En aquella época parecía haber una regla no escrita en esa industria musical que ahora iza la bandera del antirracismo: “Si una canción cantada por un negro es un éxito, a los blancos les va a gustar más que la cante un blanco”.

Y así, infinidad de mujeres como la compositora afroamericana Gloria Jones con su tema Tained Love de 1965 que apenas tuvo reconocimiento y que luego el dúo británico Soft Cell lanzó al mercado convirtiéndose en un auténtico éxito. También podemos destacar canciones como la mítica balada Nothing’s Gonna Change my Love for you. Inconscientemente nos viene a la cabeza el músico hawaiano Glenn Medeiros, pero sorprendentemente este éxito mundial de 1987 ya ha había sido grabado con anterioridad apenas tres años antes por George Benson. Todo eso, contando con que este último no era un músico poco reconocido: diez Grammys denotaban su largo recorrido.

Sin ir más lejos, tenemos al brillante Phil Collins haciendo suyo el You can’t hurry love de The Supremes o al exitoso Rod Stewart borrando de la memoria a The Persuaders y su Some guys have all the luck. Puede que sentenciar que las grandes discográficas buscaban que el público americano se identificase con un color de piel pueda parecer exagerado o incluso inimaginable. Aunque lo cierto es que los ejemplos no dejan de acumularse incluso en el siglo XXI y no parece ser una casualidad que se siga dando esta tendencia. La lista es tan extensa que amenaza con ser, desgraciadamente, interminable.

Es curioso cómo podemos anticiparnos a ciertas situaciones o tendencias. En 1971, Muhammad Ali ofrecía un pronóstico áspero y real en show de la BBC sobre el racismo en Estados Unidos: “Siempre quise saber por qué Tarzán era el rey de la jungla en África y era blanco. O por qué Miss América siempre ha sido blanca. Tanta diversidad y siempre escogen el blanco. Hasta el Presidente vive en la Casa Blanca. Y María tenía un corderito blanco como la nieve, y Blancanieves, Santa Claus… Todo era blanco. Y todo lo malo es negro. El patito feo era negro, el gato negro trae mala suerte, y si te amenazo, es un chantaje (blackmail). Le dije: ‘Mamá, ¿por qué no lo llaman whitemail? ¡Ellos mienten también!’. Siempre fui muy curioso, y así es cómo supe que algo iba mal”.

Al margen de polifonías, frases, ritmos característicos y diferentes tipos de armonías, la música negra tiene una cualidad innegable: la improvisación a través de la repetición de patrones y de estructuras previsibles que permiten dicha soltura musical. Eso les concede la posibilidad de jugar con los géneros del blues, el soul, el funk el jazz o el hip hop.

Al final, todos estos estilos tienen un componente de improvisación esencial que es, en definitiva, de libertad. Así que, resumiendo, se roba la música negra, porque hace libre al ser humano y porque inevitablemente, el dolor es la musa de la inspiración más absoluta. Por eso no es que el mundo se haya apropiado de la música negra: La música negra se ha apoderado del mundo.

 

Artículo: María Vecina / AFPRESS

Fotografías: intomore, ebay y Ion M. Taus

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